Palabras perdidas

¿En dónde las habré dejado...?

Sé que olvidé palabras en rincones, en esquinas, en plazas...

Esta forma compulsiva de escribir me ha hecho abandonar poemas escritos en servilletas de papel, en hojas arrancadas de cuadernos rivadavia, en blocks comprados a las apuradas en cualquier librería.

Imagino a esas pobres letras, mirando hacia los costados, bostezando, confundidas preguntándose si volvería a buscarlas, si debían mantener ese orden o podían separarse e irse cada una por su lado, caminando con sus piecitos de tinta azul de lapicera bic.

Y sí, cuando se aburran de que hable de cosas perdidas, me avisan...






Ben Harper "Morning Yearning"
Una pálida mañana, con un pálido reflejo
de alas de color cambiante.

Yo podría aprender hoy a volar.
Lo sé como quien sabe
que escuchó esa canción antes,
lo sé como quien recuerda
una calle recorrida anteriormente.

Hoy podría aprender a desaparecer,
hoy podría aprender a esconderme.

Hoy podría aprender a estar en silencio
con cualquier excusa,
aunque no suene creíble.

El viento

Cuando vieron las nubes cubriendo el cielo del valle, todos corrieron a esconderse.

Los que sabían reír y los que no, los que bailaban de la mañana a la noche, los que cantaban, los hoscos y los divertidos, los que dibujaban y los que tejían, escaparon como niños hacia lugares más seguros, mientras el viento sacudía ventanas y arrancaba árboles y creaba remolinos que modificaban ese mundo escondido.

Durante las largas horas en las que se luchó para sobrevivir a la tormenta, nadie lo creyó posible.

Pero como todo, el viento, pasó.

Lentamente, los que se escondían, se asomaron. Durante unos minutos fueron felices por haber sobrevivido.

Pero luego comprendieron, que más allá de sus vidas, una sola cosa les importaba y en su miedo nadie la había protegido.

El fuego se había apagado. Y no sabían encenderlo de nuevo.

Mañana de septiembre

Antes de salir, vi sobre la mesa del comedor el par de aros que había dejado allí la noche anterior. Suelo hacerlo. Dejar los aros, colgantes, pulseras, olvidados por allí, dentro de los ceniceros de cristal que nadie usa porque nadie en la casa fuma, y que quedaron como adornos en la biblioteca junto a las lámparas de estilo heredadas después de la muerte de la abuela.

Al llegar a la estación, descubrí los aros aún en mi mano mientras revolvía en mi bolso en busca del abono que debía mostrarle al guarda. Me puse los aros, tanteando en los lóbulos de mis orejas, bajando las escaleras hacia el túnel que lleva a los andenes, y al mismo tiempo, intentaba guardar el abono en el bolsillito interno del bolso para no tener que bucear en él en su búsqueda la próxima vez.

En el tren, junto a mí, un hombre practicaba la dicción del inglés (supongo) leyendo en voz alta. Leía una frase, y la repetía, leía otra, y la repetía. Cerraba los ojos y se apoyaba el libro (cry freedom, creo que se llamaba, o algo así) en la frente, cubriéndose los ojos, y repitiendo, repitiendo, repitiendo una frase tras otra, tan concentrado o indiferente...

Jugar con un fantasma


La presencia del fantasma le daba un color nuevo a la casa.

Los apagados rincones parecían más luminosos. Cualquier detalle que antes pasaba desapercibido ahora tenía otro significado.

Las cortinas moviéndose con una inesperada brisa, un susurro a su espalda, el cambio de lugar de un objeto, hasta la desaparición de algo que luego aparecía misteriosamente en el primer lugar en el que había buscado, le parecían señales inequívocas de esa compañía que parecía jugar con ella.

Claro que algunas noches se desvelaba, preguntándose si no estaba enloqueciendo. Se levantaba entonces y salía al jardín, quedándose un largo rato observando el cielo estrellado y escuchando los sonidos apagados por el sueño de la ciudad. La lógica no es buena compañera de ciertas relaciones fantasmales, sin embargo, sentía al fantasma junto a ella, observando también ese mundo que se negaba a abandonar.

Jugar con un fantasma le parecía peligroso, pero inevitable.