Consejito para el fin de semana

Hace un tiempo, publiqué en otro viejo blog de blogger un artículo que fue un verdadero éxito, tuvo tres comentarios: uno de mi hija, el comentario más extraño aún hasta hoy, en el que decía que me quería y le dolía el talón, otro de mi hermana, pidiéndome disculpas por no tener tiempo para leer mi blog, y otro en portugués que no entendí pero que no sonaba muy bien que digamos.

En ese exitoso post, yo daba un solo consejo: si tu gato muerde el cable del teléfono, un cuchillo de cocina y una tijerita escolar no son para nada, pero para nada, herramientas adecuadas para repararlo. Sobre todo porque cuando el hombre de la casa llega y le pedimos que solucione el desastre, es muy difícil responder a su pregunta de en que diablos estaba uno pensando cuando hizo ese experimento que no solo empardó, sino que empeoró el accionar del travieso minino.

Así que hoy, rememorando mi primer post de lectura multitudinaria, vengo con un nuevo consejo nacido de la experiencia:

Por nada del mundo, se compren guantes de lana amarillos. No combinan con casi nada y por alguna razón que no entiendo, se ensucian aún más que los guantes color hueso que supe tener hace un par de años.

Y para sentir un poco menos de verguenza por este lamentable post, les dejo una de mis canciones favoritas.


"show must go on" Queen

El fantasma





Ella sintió la presencia del fantasma un atardecer. Supo que estaba allí sin dudas y extrañamente, no sintió temor.

Lo buscó con la mirada. Lo persiguió por las habitaciones de la vieja casa, intentando verlo aunque fuera un instante a contraluz en las ventanas.

Mientras preparaba la cena, esperando a su marido y escuchando las risas de sus hijos jugando en el dormitorio, miraba de reojo para adivinarlo cerca de ella. Estaba tan divertida con ese juego que en un descuido se cortó apenas el dedo al picar cebolla.

Lavándose la mínima herida, llorando por la cebolla, escondida en el baño y mirándose al espejo, le preguntó al fantasma quien era y que buscaba en su casa.

El no le respondió. No sabía como hacerlo. Deseaba besar la herida que apenas sangraba y secar las lágrimas que no eran de pena. La había seguido sin dudarlo, sabiendo que su hogar estaría en donde esa desconocida estuviera. Y ahora observando a su alrededor, adivinaba que esa casa podía fácilmente haber sido suya. Esa o una parecida.

Aún no entendía su vida como fantasma. Aún extrañaba contar las horas y correr el colectivo. Intentaba rozar con sus dedos las texturas y solo sentía el aliento de las cosas.

La miró en el espejo y por un segundo le pareció que podían verse a los ojos. Pero ella observaba su propia imagen y el fantasma, la de ella.

(foto: pintura "UNE BELLE JOURNEE" de Marso)

Ejercicio literario

Te espero. Camino por la habitación, nerviosa, como un león enjaulado (no, no me gusta, frase hecha)
Va de nuevo. Esperándote, ansiosa, camino por la habitación, dibujo un camino entre las cuatro paredes, entre la mesa y la biblioteca y el sillón de hierro azul... (no, repito la palabra camino, odio cuando eso pasa...)
Otra vez: Te espero caminando por la habitación, dibujando senderos imaginarios entre los muebles que juntos escogimos, te espero entre las paredes de nuestro hogar (esa palabra que nada tiene que ver con las paredes y los muebles, esa palabra que llevamos con nosotros, que escondemos en los bolsillos para que nadie ni nada la ensucie)... No, muy complicado...
A ver...
Te espero en el espeso silencio, caminando ansiosa por oír la llave en la cerradura...
No, no me gusta...
Mejor así:
Me siento, y te espero.
No me gusta la palabra fin.
Es cortita y malintencionada.

En la vida el final es inevitable.
Todos los finales en la vida
son inevitables.

El amor, sin embargo,
no debería terminar.
Dicen que el amor todo lo puede.

El amor es extraño
agridulce, cambiante.

Me amabas en un silencio sofocante.

No existen los amores felices.
No para gente como nosotros.

Esta exquisita tortura,
esta penosa alegría...

Decis que no podes perdonarme...
Me asusta el día en que yo no pueda perdonarte...
Es algo así.
Un ojo nos mira.
No piensen en el Gran hermano, ni nada por el estilo.
Simplemente un ojo nos mira.
Algunas mañanas, al menos,
mañanas como esta,
posteriores a noches sin dormir,
posteriores a almohadas mojadas.

(Creanme,
una mujer pasa por la vereda,
arrastrando una mesita pequeña.
Yo como otro bombón,
endulzando la mañana.)

Y él ojo nos mira a todos
Y mira a las gotas que luchan para no ser evaporadas por el sol
y mira las hormigas arrastrando hojitas como cruces.

Me pregunto si conoce la verdad
si él me cree sin explicaciones
si no tengo que gastar tantas palabras,
inútiles como los esfuerzos
de las gotas por no ser evaporadas.