Lunes, 9:30

Ya podría ser jueves, pero no, es Lunes... Un lunes nuevito y lustroso.
Hoy la mañana terminó a las ocho, cuando no llegó el tren y yo tuve que aceptar que, calculando los complejos recovecos de mi existencia del día de la fecha, sí estaba atrasada.

Sin embargo, la radio Amadeus pasaba música barroca (no Bach, pero similar, olvidé el nombre del compositor) y durante varios minutos, me divertí adivinando si lo que veía en el horizonte eran árboles tras la niebla, o unas nubes hermosas. Eran árboles, simplemente, dibujando hermosas nubes con las hojas en el cielo. Los ojos nos engañan, pero no por maldad, sino para hacernos jugar un rato, para sorprendernos, para divertirnos un lunes mientras esperamos un tren que no llega.

Presagios y rituales.

Los presagios se suceden, a veces tan rápido que ni el más experimentado augur tiene tiempo para analizarlos. No están allí para predecir el futuro, simplemente, están allí. Símbolos buenos y malos, dejados olvidados por los dioses del destino.


Con el paso del tiempo, vamos adivinando que cosas significan algo y qué para nosotros. Me dan mala suerte los despertadores,(mi abuela tenía un despertador viejo que adoraba, y no me creía que era causa de mucha de la mala suerte de mi infancia. Mi vida cambió cuando no desperté más con ese sonido estridente en el dormitorio de ella).
Ver un animal muerto, perder algo que apreciamos o necesitamos, la visita de alguien molesto, presenciar una pelea callejera (uno de los peores presagios que puedo tener) ¿quién duda que son signos que nos gritan que tengamos cuidado? Pero hay otros más arbitrarios, menos evidentes, que a fuerza de manifestarse, no pueden ignorarse, y abarcan muchos aspectos, varían de día en día, no necesariamente se repiten y no necesariamente significan algo específico. Hay un hombre, que entra al negocio algunas mañanas y no solo me da mala suerte, sino que él lo sabe. No sé cómo, yo no se lo dije, eso daría aún más mala suerte (uno no tiene que reconocer en voz alta que tiene mala suerte). Quizás es uno de esos tipos que concientemente contagian la mala suerte, y daba ternura ver lo contento que estaba con su tarea. No es su culpa que tengamos ese problema. Sin embargo, lo solucioné de una manera sorprendente: comencé a recibirlo casi con alegría. Eso fue muy confuso para él, hasta que perdió la confianza en sí mismo, y ahora casi nunca viene, creyendo que soy inmune a su influjo.
A veces los días dependen de eso, de la inesperada sorpresa esperada. Suponer lo que vendrá, y sorprendernos al recibirlo. Que no sea ni más ni menos que lo esperado. Y que de serlo, igual sea bueno. Cuando el mundo fue creado, Dios lo consideró bueno, (ni excelente ni sublime). Bueno debería alcanzar en cualquier día.

Un día


Solo un día. Toda la vida, en un día. Abrir los ojos y verlo, y amarlo, porque ese es el día. Aceptarlo, con sus resbalones y sus largos minutos, dejarlo ir, aferrarlo, apuñalarlo.